A Porta da Pena

La vieja ciudad de Compostela surgió tras una lucha ciclópea de los canteros contra la roca madre. El otero pedregoso en el que se asentó el primer burgo medieval fue esculpido por manos anónimas que nunca aparecerán en las enciclopedias de la Historia del Arte. Fosos excavados en el esquisto, murallas levantadas sobre peñascos, casas construidas con bloques extraídos de esta inmensa cantera natural, de este gigante taller que da nombre al centro simbólico de la urbe (O Obradoiro).

Esta monumental calle de Porta da Pena, prolongada en la famosa Rúa da Troia, refleja este trabajo secular del urbanismo medieval que dispuso este camino de salida hacia el norte, atravesando una puerta de la muralla asentada en la roca (la Puerta de la Peña). Esta calle se debió siempre al monasterio urbano más grande de España, San Martiño Pinario, dueño hasta la Desamortización de la mayoría de las casas, muchas de las cuales aún conservan en su fachada esculpido el pino del convento como símbolo de propiedad.

Pocas calles como Porta da Pena nos muestran la historia social de Compostela. En ella convivían, hasta hace unos pocos años, los estudiantes, los artesanos (zapateros, plateros), los tallistas de imágenes sacras, las tiendas populares, la delegación de periódicos regionales, los curas y las tabernas en las que se tomaba el vino en cunca. La calle entera era como un museo vivo en el que se percibía, por un lado, la permanencia de inercias procedentes del Antiguo Régimen estamental y gremial y, por otro lado, los cambios producidos por la desamortización y el desarrollo de una pequeña burguesía mercantil y liberal (aliada con la hidalguía tradicional) dueña ahora de gran parte de los inmuebles de la calle. Los hijos de esta clase social son los que estudiaban en la Casa de la Troya.

En época contemporánea, dos procesos van a modificar este panorama. En primer lugar, el retorno de emigrantes gallegos en Europa, que con sus ahorros promovieron pensiones para estudiantes, bares y restaurantes en toda la calle, convertida en una Babelia en la que tras el mostrador se habla francés, inglés, alemán… como en la época reflejada por el Códice Calixtino. En segundo lugar, la rehabilitación del casco histórico y la promoción del turismo cultural han reconvertido Porta da Pena en el centro neurálgico de una oferta hostelera de calidad.

Si bien estos cambios han pulido ese cierto sabor decadente de la calle, el visitante avezado podrá comprobar como sigue siendo un espacio vivo, como el que disfruté en mis años universitarios en el Hostal Girasol de Porta da Pena, en la década de 1990. La Praza de San Martiño Pinario y San Miguel dos Agros era tomada de noche por los estudiantes como un reservado incomparable, como un espacio festivo previo a la bajada a la ciudad. Las calientes paredes de piedra de la calle nos servían de terraza para tomar el sol en las tardes de invierno, como lagartos haraganes sobre la roca. Los estudiantes acabamos siempre yéndonos, cruzando definitivamente la puerta de la peña, hacia el pedregal de la vida. En cambio, la roca y la piedra, permanecerán para siempre en esta ciudad eterna.

(Texto de Xurxo Ayán)